sábado, 13 de noviembre de 2021

Cómo afrontar la quiebra económica de manera saludable

 

La quiebra económica es una situación adversa que puede afectar nuestra conducta, nuestra fisiología y equilibrio emocional, dependiendo de cómo la percibamos y cómo reaccionemos. 

La percepción del control y la predictibilidad son aspectos determinantes de la capacidad de afectación de la situación.

 Cuando percibimos que una situación está fuera de nuestro control y predicción y al mismo tiempo nos damos cuenta del daño que nos puede causar, activamos nuestras respuestas con el fin percibir que estamos a cargo de la situación.

Pero podemos caer en la trampa del incorrecto hacer o el incorrecto no hacer.

El incorrecto hacer consiste en persistir en nuestras tentativas de cambiar una situación, cuando esta es irreversible o en pretender que las cosas ocurran exactamente como queremos. Si ante la quiebra, pretendo llevar a toda costa el status de vida que traía o pretendo un crédito bancario, sin ofrecer ninguna garantía; estoy en el incorrecto hacer y en cada intento sentiré más frustración. Es necesario, aceptar los hechos, aunque duele, es menos dañino.

Por otra parte, podemos pensar que no hay nada para hacer. Evitamos la situación, no queremos aceptar la situación, le veo el lado negativo a cualquier posibilidad práctica de hacer algo. Podemos ser tragados, dominados, por emociones como el miedo, la rabia, la tristeza.

¿Qué podemos hacer?

No tragarnos solos, todo el malestar, busquemos y aceptemos el apoyo de otras personas. Podemos hablar de lo que nos sucede y sentimos con personas cercanas. Puede que nos den una mano desde lo económico, pero, sin pretender que sea tal y cómo lo esperamos. Sobre todo, su presencia y escucha nos ayuda a sobrellevar el malestar que sentimos; lo cual contribuye a nuestra salud y a que podamos descubrir soluciones realistas.

Evitemos la rumiación. Cuando estamos enceguecidos por la idea de que las cosas tienen que ser de una manera, pasamos horas pensando estrategias para lograr, sin hacer nada concreto. Cuando estamos enceguecidas, queriendo encontrar una explicación a lo sucedido, pasamos horas respondiendo la pregunta ¿qué pasó? o ¿por qué a mí? Tampoco hacemos nada práctico.  Cuando nos sorprendamos en esa actitud, podemos decirnos a nosotros mismos ¡suficiente! ¡basta! y hacer lo que podemos o tenemos que hacer.

Dar pasos realistas, sin pretender solucionarlo o todo o llegar a resultados inmediatos. Puedes hacer una lluvia de ideas, sin reflexionar mucho, sobre acciones que están en tus manos para generar cambios en la situación. En seguida revisas lo que se puede hacer y que no sea una forma de evitación del problema. También es válido pedir asesoría técnica, algunas instituciones te la pueden brindar.

Pausar es necesario. Hay un correcto no hacer, aquel en el que nos permitimos descansar y soltar por un tiempo determinado. Es válido y necesario detenerse. Por ejemplo, puedes sacar 30 minutos para caminar por un parque, por la orilla de la playa; 15 minutos para relajarte, meditar, etc.

Si te sientes desbordado por tus emociones; si no encuentras ningún apoyo a tu alrededor; si tu salud física se ha deteriorado fuertemente; si has pensado en el suicidio; pide ayuda profesional, muchas universidades tienen consultorios públicos, hay organizaciones sin ánimo de lucro e iglesias que te pueden atender.

domingo, 23 de febrero de 2020

Tenemos opción: pedemos formar redes

Estos días en los que muchas personas se han acercado a mí y me han tendido la mano, con su presencia, con su tiempo, con su dinero; simultáneamente, lo han hecho con sus miedos, con sus dolores, con sus dificultades. También con su alelegría, con su solidaridad, con su afecto, con su plenitud. Esto me ha llevado a pensar en el simil de la atarraya o el chinchorro. Desde un punto de vista se le puede considerar una solidaridad de huecos, espacios vacíos que se entrelazan.

Quienes forman una red solidaria lo hacen, no porque estén llenos; sino porque son capaces de entrar en relación, estrechar los brazos, aunque tengan sus propios huecos.

En Brasil un amigo hizo una convocatoria para ayudar a una familia venezolana. En Bogotá un amigo creo una red de apoyo para el duelo y la ansiedad; otro amigo, está promoviendo los 7 a las 7, asunto que comuniqué hace pocos días, con el fin de concretar alguna ayuda a un niño cercano. Y de otras maneras, diversos conocidos se entrelazan con otros seres humanos u otros seres vivos.

En realidad, asumen un hecho biológico. Estamos entrelazados; aunque el sistema civilizatorio actual se esfuerce en promulgar el egoismo y la competencia. Ningún animal, salvo el ser humano, compite. Es el único que puede llegar a estar interesado en que al otro le vaya mal. Afortunadamente, hay quienes reconocen su enraizamiento vital y humano y se disponen a compartir.

martes, 11 de febrero de 2020

¿Coinspirador polistésico o reflexivo anestésico?

Mi propuesta de trabajo de tesis de doctorado, al cual esté en proceso, fue adquiriendo una configuración más o menos clara a partir de la reflexión sobre la cognición estética, teniendo presente que el asunto que me consumía, que me ocupaba era yo mismo, en cuanto había asumido mi condición de educador. Esto me llevó a percatarme de la poca consciencia, sensibilidad, conexión con el entramado sensoperceptivo que me constituye. Esto es, por mí mismo como unidad corporal.
 
Me parece que, durante el proceso doctoral, en la mayoría de los temas tratados, aunque siempre los había referido a mí mismo, lo que había prevalecido era una la modalidad sensoperceptiva visual y el esfuerzo por hacer un discurso racional, con descuido de la riqueza sensorial y “cognitiva” que soy en cuanto ser humano.
 
Anestesiar los sentidos, anestesiarse
 
Estuve tentado a decir que mi experiencia estética había cambiado, en el sentido de que mi manera de percibir, de sentipensar, de acoplarme con los sistemas con los que estoy en relación había cambiado. Al mismo tiempo, que mi experiencia estética nunca fue lineal, mecanicista, unifocal, de un solo sentido. Lo que creo que ocurría es que estaba acostumbrado a desechar, anestesiar, toda la riqueza sensible, perceptiva, que había y hay en mí.
 
El camino recorrido me ha llevado a redescubrir la que puede ser mi mayor cualidad y mi mayor defecto (así son las paradojas). Esto es mi capacidad de reflexionar, de prestar atención a lo que me ocurre y a lo que ocurre en la trama de mis relaciones. Capacidad que trae el peligro de perderme en tales reflexiones y desconectarme del accionar al cual ser refieren; cambiar el mapa reflexivo, por el territorio sensoperceptivo, que a cada momento me provoca y convoca a la acción.
 
Mi desafío: volverme profesante, hacerme cargo de mi dignidad
 
Entonces, comenzó a aparecer el desafío de convertirme en profesante, el mismo desafío que conmueve y promueve Mónica Cosachov (2000). Se trata de iniciar el viaje, atravesar los puentes, transgredir lo conocido. Dicho de otro modo, separarme de lo que no deseo, no profanarme en lo más querido. El deseo me lleva a la profesión, lo más querido me lleva a la tranquilidad de mis reflexiones.
 
Sentía y siento mis vísceras, mis sentimientos, mi entorno… Me comencé a sentir desde la diversidad de experiencias y relaciones por las que he pasado, a sentir los sentimientos de otras personas e incluso a sentir con sus sentimientos. Todas esas afirmaciones se refieren a diversas formas y fuentes de la estética, las cuales, con todo, constituyen la unidad de experiencia que soy para mí mismo. Poco a poco iba descubriendo que mi tarea, como ser humano inteligente, como profesante de la riqueza de mi vivir, consiste en concebirme y sentirme como unidad compleja. No como una única sensibilidad, sino como acople de múltiples sensibilidades que me constituyen.
 
Pude darme cuenta de que hay inteligencia en las capacidades que me permiten medir, sistematizar información, articular teorías. Pero esta es una inteligencia computacional, es la que prevalece cuando sucumbo al solo discurrir reflexivo. Pero esa inteligencia es limitada, alienante y no me hace humano. No es inteligencia creadora, en términos de Antonio Marina (1993). Cuando tales capacidades se sientan y conciban entramadas en un todo sensorial y de sentido que soy yo mismo, cuando impliquen los múltiples gustos que atraviesan mi vivir, y me dirijan hacia mi deseo, entonces dejan de ser alienantes y colaboran en mi unidad y sentido.
 
Coinspirar: amarme, celebrar la riqueza de ser mí mismo y de que otras personas también lo sean
 
Durante buena parte del proceso de doctorado, había pensado que coinspirar es una acción referida a otros. Sin embargo, comencé a considerar que es una acción referida principalmente a mí. Tal vez por el modelo civilizatorio en el que he crecido, en el que prevalece la estética del mito la caverna (Najmajnovich, s.f.) tenemos la manía de buscar ser superiores, sobre todo si ejercemos funciones de docencia o gobierno, poseedores de una verdad y llamados a “salvar” a otros. Según esto, ser coinspirador sería mi tarea respecto a los estudiantes que me asigna el sistema escolar. No es así. Se trata de inspirar, llenarme de vida, junto con otros y otras, y aceptar y celebrar que así sea.
 
El deseo de ser coinspirador, el cual había surgido al entrar en contacto con la propuesta de Ximena Dávila y Humberto Maturana (2007 y 2008), no se trata de que inspire a otros, de que sea algún tipo de modelo. Se trata del gozo, del disfrute, del placer (dimensión estética) que se experimenta cuando hacemos juntos, colaboramos (dimensión volitiva y política); pues nos reconocemos legítimos y amables (dimensión ética). No se trata de teoría. Claro está que al escribir hago teoría y reflexiono; pero, disfrutando con otros y otras; colaborando con otros y otras; valorando positivamente mi legitimidad y la de los otros y otras. No se trata de una teoría, simplemente, sino que parto de un gustar. Me gusta la diversidad, me gusta una sociedad en la que otros pueden existir de un modo diverso al que yo existo.
 
Concluyo haciendo una aclaración. Lo reflexivo tiene la posibilidad de hacerme coinspirador o anestésico, no creo que sea así en otras personas. Tal vez, a algunos, por ejemplo, alguien que se anestesia en el hacer, reflexionar es un camino emancipatorio. Lo que no significa abandonar el hacer, porque (de nuevo la paradoja) su hacer es la fuente de su originalidad. En todo caso, me parece que para quien el cambio estético, ético y político, es una invitación semejante a la del camino del Tao: “vivir en el bien-estar psíquico y corporal de un vivir sin esfuerzo en la unidad de toda la existencia" (Maturana y Dávila, 2008, p. 73).
 
Referencias
Cosachov, M. (2000). Entre el cielo y la tierra. Buenos Aires: Editorial Biblos.
Davila, X. (2008). Eras psíquicas de la humanidad. En H. Maturana y X. Dávila Maturana, H. Habitar humano en seis ensayos de biología-cultural. Santiago: J.C. Saenz Editor, pp. 35-68
Marina, J. A. (1993). Teoría de la inteligencia creadora. Barcelona: Anagrama.
Maturana, H., y Dávila, X. (2008). Biología del tao o el camino del amar. En H. Maturana y X. Dávila Maturana, H.Habitar humano en seis ensayos de biología-cultural. Santiago: J.C. Saenz Editor, pp. 69-106
Maturana, H., y Dávila, X. (2007). La Gran Oportunidad: Fin de la Psiquis del Liderazgo en el Surgimiento de la Psiquis de la Gerencia Co-Inspirativa. Estado, Gobierno y Gestión Pública, (10), pp. 101-124. Recuperado de: https://dialnet.unirioja.es/descarga/articulo/2767984.pdf

martes, 4 de febrero de 2020

¿Magia?

Hace un mes publiqué una entrada llamada "El encuentro". Ahora quiero hablar de la magia, lo que vino después. El tiempo que antecedió a la tormenta.

Quedé agarrado a esa mujer. Desde ese día, 6 de mayo, hasta el 28 de noviembre me comuniqué con ella todos los días. Cada día la saludaba quería saber cómo estaba. Yo no sabía por qué, pues solamente había compartido con ella, algo así, como 8 horas de un mismo día. Ella suele decir que no hizo nada; pero, ahora veo que sí lo hizo. ¿Quién escribe en la libreta de alguien que acabas de conocer, "Carlitos, no te duermas" y dibuja una carita feliz? El caso es que me comunicaba con ella todos los días, quería saber cómo estaba, me modifiqué mi habito de acostarme a dormir a las 9 p.m., ahora podía hacerlo incluso pasadas las 11.

Quería volverla a ver. Pero esto solo fue posible casi 15 días después, la vispera de su viaje a Argentina. Ese día nos encontramos en el Jardín Botánico. Ella estaba haciendo un trabajo con docentes de una universidad de Bogotá. Ese día estaba invitada a una actividad pedagógica, organizada por una de las profesoras. A eso de las 11 a.m. nos pudimos encontrar, en la maloka. Estaban unas 3 profesoras y varias estudiantes. Se trato de un encuentro amigable. En la maloka un antropólogo, indigena de una comunidad amazónica, realizó una actividad con los niños, las profesoras y otros asistentes ocasionales. Ella estaba al otro extremo, yo estaba pendiente de sus acciones, me encantaba su actitud amorosa con los niños y niñas. Al finalizar la actividad, sabiendo que ella era linguista, le envíe por Whatsapp las palabras empleadas durante la actividad. Ahora solo recuerdo la palabra ñet´je (gracias).

Nos fuimos para un restaurante santandereano, en bus urbano, como me gusta. Para ella no fue problema, al contrario se veía bastante cómoda entre la gente y yo le hablaba de diversas expresiones populares, propias de la forma de hablar en Colombia. Ella siempre estaba sonriente. En el restaurante comimos cabrito, mute y pipitoria. Siempre evito el mute, pues tiene carne bovina, y considero que al consumirla contribuyo a la deforestación del planeta. La conversación fue amena. Confirme lo que había visto en nuestro primer encuentro, que no le gustaba el ají y que comía poco.

Después caminamos desde el restaurante en dirección a mi casa, cerca al Minuto de Dios. En algún momento pasamos frente a un negocio, algo como una tienda de barrio, no recuerdo bien; sonaba música tropical colombiana. Me preguntó que clase de música era, le di el nombre genérico, no supe con exactitud que ritmo sonaba. Ella se acercó y un minuto después estaba bailando con un señor del establecimiento que se hallaba a la puerta. Un minuto después estaba en mis brazos bailando. "Qué loca" lo mismo que pensé el día que la conocí. Me sentía encantado. Continuamos el camino, quise llevarla a mi casa, el apartamento que compartía con mi hermano y su esposa. Llamé para saber si se encontraba, quería que la conocieran. No me pareció correcto llevarla.

Estuvimos en un cafe, en el Minuto de Dios, uno frecuentado por mí y mis compañeros de la universidad donde trabajaba. Quien atendía es un joven muy simpático. Le mostré donde trabajaba, las casas donde funciona el programa de psicología y donde quedaba el apartamento al que pensaba mudarme en poco tiempo. Tomamos un taxi, nos dirigimos al apartamento de la profesora que la había hospedado ese final de semana. Antes pasamos un rato en el Centro Comercial Ayuelos. Le canté varias canciones populares mexicanas, la a compañé a comprar unos CDs. Quise darle un beso; pero me abstuve, no estaba seguro de querer algo con ella y ya había tomado la decisión de tener ningún afair, como dicen los franceses con nadie. Hoy estoy o no estoy en una relación.

En algún momento, antes de salir del centro comercial, para dejarla en el edificio al que se dirigía, me preguntó si seguiría en comunicación. Más adelante me diría que ese día me brillaban los ojos. Le dije que sí. Fuimos al edificio, no me quería alejar. En la recepción observé como se alejaba. Pensé que probablemente no la vería más. Me fui para mi casa a continuar con mi vida. Al día siguiente me sentí tentado de acompañarla en una salida al cerro de Monserrate, la profesora donde se hospedaba me llamó para invitarme. ¿A caso ella se lo sugirió? Dije que no, estaba desbordado de trabajo para universidad y me gusta cumplir.

Viajo a Argentina, a la frontera con Brasil y Paraguay; a Iguasú. Yo estaba pendiente de todo lo que le ocurría. Ella me compartía lo que hacía. Yo comencé a sentir celos, tal vez, alguien le podría echar mano. Miraba las fotos que me envíaba y evaluaba se habría algún posible pretendiente. Una noche quedó de hablarme, yo le envié mensajes, pero nada. Al día siguiente me dijo que había salido con un grupo de profes y no tenía wi-fi. Me sentí mal por saber de ella, me preocupe de que le hubiese ocurrido algún accidente o hubiese tenido algún problema. También me preocupé de que estuviese con otra persona.

El día que viajo de regresó a Mexico, tenía escala en Bogotá, tuve ganas de ir al aeropuerto, para poder verla; pero, sabía que era inutil pasar por inmigración suponía perder la conexión. Pero escuchaba los vuelos que despegaban a las 7 am y pensaba que en uno de esos iría ella.

Nos seguimos comunicando cada día. Comenzamos a utilizar Skype, pues al revisar el Whatsapp ella se sentía abrumada por la cantidad de mensajes, de todas partes del mundo, que recibía. Yo me cambié de apartamento, me fui a vivir solo. Entonces tenía toda la disponibilidad de espació para hablar con ella. En algún momento me puso en altavos y escuche a su mamá. De su papá hablaba casi nada. Sentía que compartiamos tantos valores como el reconocimiento de la dignidad delas personas, la valoración de la diversidad humana, vivir con sencillez, servir de alguna manera. Además, cada vez me parecía más atractiva. Le sientan muy bien las fotos de perfil. Ya le decía abiertamente que me gustaba y era correspondido.

Yo le comenté que justo en el momento en que nos conocimos había una profesora que me gustaba, a la que me estaba acercando, pero que había decidido no seguir. Ella me dijo que si tenía algo con otra persona, mejor no me acercara a ella. Le explique que no tenía nada con nadie, que poco tiempo después de conocerla había decidido no seguir acercándome a esa persona. El caso es que, justo el final de semana siguiente a la fecha en que la conocí, en una reunión, esa profesora comentó ante el grupo que tener relaciones con compañeros de trabajo era algo que ella no haría. Así que me alejé. Esto fue una semana antes del día que estuvimos en el jardín botánico. 

Nuestras conversaciones diarias continuaron, comenzamos pensar que habiendo tanta gente ahí afuera era providencial que nuestras vidas se hubiesen cruzado. Hasta pocos días antes del evento en el que nos conocimos ella estuvo a punto de viajar a otros lugares que no tenían relación alguna con Bogotá. Yo estuve a punto de no asistir, tuve que costearme la participacón y pensaba ir, hacer la ponencia y regresar a la universidad. Pero, contra mi manera habitual de proceder la invité a almorzar y, como dije en otro momento, me sentí agarrado a ella. En definitiva había llegado la magía. Todo parecía dirigido, guiado por una fuerza que nos superaba a los dos. En algún momento me comentó que había pedido una persona como yo, poco tiempo antes de conocernos, y llegué yo.

En algún momento me comentó que su familia le había preguntado que clase de relación teníamos.Yo estaba seguro de que me gustaba, de que era la persona indicada, teníamos tantos valores comunes, me sentía tan pleno conversando con ella; además, todo parecía orquestado por el cosmos, Dios o el universo. Así que el 20 de junio, algo que jamás había hecho mi vida le dije que quería que fuese mi novia, ella me dijo sí. Literamente saltaba de un lugar a otro de mi apartamente, me sentía feliz, pleno. No cabía en la ropa. Todo lo que estaba ocurriendo no podía ser sino magia.

domingo, 2 de febrero de 2020

Rendición

De alguna manera las diferentes corrientes espirituales plantean la necesidad de que nos rindamos. Sí, en algún momento la pretensión de ser inteligente, de ser fuerte, de ser amable, de ser original, de ser bondadoso, de ser alegre, de ser fiel... como pretensión compulsiva, no auténtica, no consigue lo que tanto anhelamos; esto es, ser amados. Se trata de una trampa del ego que nos dice que solo seremos amados o estaremos bien si actúamos de alguna de esas maneras. Pero, se trata de una lucha que nos agota, nos lleva a la ansiedad, a la depresión, a la soledad o a la dependencia. Al final solo queda rendirse, dejar de pretender, y confiar. Simplemente confiar.

En el lenguaje cristiano se llama kenosis. Abandonarse en el Amor. Se trata de algo que va más allá de adherir a algún sistema religioso. Se trata de una experiencia, paradójica, y quizás ambivalente como todo lo humano. Pues no se puede controlar, no se puede programar, solo se puede acoger. Aún así, seguimos en camino; pues no es algo que nos ocurre de una vez para siempre. Sino de una continua invitaciòn a morir a nuestra pretensión de control y dominio, de nosotros mismos, del mundo, de los demás e incluso de Dios.

viernes, 24 de enero de 2020

Mi transtorno obsesivo compulsivo, un don

Ya he dicho en otro momento que el 27 de noviembre tuve una crisis de ansiedad que me llevò a recurrir al psiquiatra, el cual me dijo que tenía un cuadro depresivo y un transtorno obsesivo compulsivo. Quiero hablar de esta situación como una bendición, como un don del Misterio insondable en el que ocurre nuestro vivir, un don de Papá-Mamá, de la Vida, Dios o el Universo; como quieran llamarlo, igual aunque utilice la mayúscula no son propiamente nombres, ni conceptos. Tomenlos como símbolos del "Soplo" que lo llena a todos, nos llena a todos, lo hace todo, totalmente yo y distinto de mí, al mismo tiempo.

He dicho un don, un regalo. ¿Cómo es esto posible? Para entender este punto, debo explicar cómo creo que se configuro el transtorno. Toda mi vida he sido muy autosuficiente, convencido de mi inteligencia y mis capacidades. Simultáneamente me he sentido poco adecuado, con miedo de ser abandonado; de no hacer parte. Me parece que al final se dio una mezcla de prepotencia y culpa, pues el miedo a ser abandonado se basa en una evaluación de mi mismo como sucio, indigno o pecador. Así, tenemos a un ser humano simpático, inteligente, colaborador sin pasión, desconfiado, capaz de reconocer la validez de todo ser humano, al mismo tiempo que alejado, profundamente deseoso de ser visto y reconocido. Bueno, estás son palabra con las que intento describir mi propio misterio.

El año pasado, 2019, me encontré con una persona, ante la cual reconocí todas mis errores, deshonestidas y acciones dañinas de mi vida. Esta persona me animo a ser perfecto, a tener un comportamiento impecable, creo que quería sacar el diamente en bruto, debajo de un duro carbón, de miedo y culpa. Me pareció espectacular, una bendición, una acción providencial. Comencé a exigirme, a reprimir cualquier conducta o pensamiento que se pudiese considerar impuro, deshonesto, inmoral. De esta manera me unía más a ella, ella se encontraba satisfecha con mi esfuerzo, consideraba que yo era muy valiente, era capaz de enfrentar la maldad y de convertirme en el se humano que ella quería.

Pero, los pensamientos, las situaciones consideradas, para resumir llamemolas inmorales, no disminuian; al contrario se multiplicaban. Parecia que todo lo que me pudiese parecer horroroso, perverso, se hacia presente en mi vida. Entonces redoblaba mi lucha. Con todo, no conseguía doblegar el mal. Gracias a Dios me quebré. Llegué al punto de temer por mi vida y por la vida de otras personas.

Ahora veo todo como un don, un regalo. Por una parte, me llenado de irá, al preguntarme por qué a mí. Como si yo no fuese un ser humano vulnerable. No hay nada malo en ser vulnerable. En nuestra sociedad, en nuestra cultura, se le exige a las personas desde que nacen que sean valientes, berrracos se dice en Colombia. Muchos de los estudiantes que he tenido, así comomo compañeros de trabajo, viven al límite, porque tienen que ser unos berracos, invencibles. Comprender que soy un ser humano, como cualquier otro, no querer ser invencible y abrazar mi fragilidad es un don. Todos somos vulnerables, algo nos quiebra, un cáncer, la muerte de un hijo, etc.

Es un don aceptar la vida, fluir con ella, dejar de controlar. Todavía me asaltan las obsesiones, sobre todo cuando comienzo a preguntarme qué voy a hacer. De qué voy vivir; estoy desempleado. Pero, apenas acepto que no tengo el control, que no tengo nada que controlar, las cosas se calman; apenas abrazo, acojo lo que me sucede, las obsesiones dejan de molestar. No hablo de innactividad, hago lo que está a mi alcance, me ocupo en lo que me ocurre. Pero no pretendo controlar, no pretendo que la vida sea como yo quiero. No fuerzo el universo, como dicen algunas, para mí muy dudosas espiritualidades.

Ha sido un don descubrir que estoy entramado en la dinámica de la vida, como dirían algunos. Otros, dirán en el misterio de Dios. Como sea. No estoy solo, hago parte de la humanidad, de la biosfera, del cosmos. Dios no es un ser en el que se cree. Para mi es el misterio que soy yo, la fuente de la que vengo, en la que estoy, a la que volveré. Así que todo está bien.

Curiosamente, todos estos dones, bendiciones, ya estaban en mí. No es ahora que reconozco que la humildad, el reconocimiento de nuestra pequeñez, nos libera. No es ahora que reconozco que la pretensión de controlar nos quita la alegría de vivir, para disfrutar lo que nos ocurre. Tampoco es ahora que sé que yo soy Dios y que Dios soy yo cuando dejo de ser yo. Pero, lo vivo más, sin la pretensión de alcanzar alguna meta o esta ideal futuro.

Tenemos una vida para vivir, ojalá todos la vivamos en relaciones de cuidado, de acogida, sin la pretensión de controlar lo incontrolable, esto es, nuestro futuro. Para mí esta es la raíz de todos nuestros malestares, tanto sociales como psicológicos.

La paradoja de la felicidad consiste en que no se la alcanza como una meta, sino que llega como una consecuencia. En este momento, ya, puedo ser feliz, aunque algo me duela, si estoy en paz, en armonía, con la vida que me está ocurriendo.

miércoles, 22 de enero de 2020

En el búnker

Algunas veces me imagino al último ser humano en la tierra. Está encerrado bajo tierra, en un poderoso en infranqueable búnker. Se metió allí aprovisionado para resistir décadas, rodeado de sus reservas en oro y de toda clase de aparatos electrónicos. Quería garantizar su futuro. Ahora está solo, hace tiempo que nadie responde a sus llamados y todo el oro del mundo no alargan un segundo de su vida.

Es el último multimillonario que creyó poder vivir en un oasis de seguridad, de los poco que quedaron cuando la tierra se convirtió en un gigantesco desierto. Pero, no pudieron evitar de la dinámica de la competencia, el deseo de acumular continuase causando estragos. Incluso, en esos oasis, que le cerraron las puertas a la humanidad y a la vida moribunda, se crearon anillos de privilegiados cada vez más selectos, hasta que solo estaban los del búnker.

Sí, algunas veces me imagino que es así como terminamos destruyendo la tierra, por nuestra incapacidad de cuidar, de armonizar; por nuestra pretensión de dominar, de controlar, de querer controlar el futuro con nuestras sofisticadas planificaciones. Pero, viendo bien las cosas, no destruimos el planeta; nos destruimos a nosotros mismos. El último humano del búnker morirá. En poco tiempo, tal vez un millón de años, la tierra comienza una nueva historia de vida la espera de una nueva especie inteligente y amorosa, capaz de cuidar.

Sin embargo, me resisto. Por eso escribo y vuelvo a escribir sobre el mismo tema. Creo que podemos renacer como humanidad. Nos quedan unos minutos cruciales. Podemos comenzar a acoger en lugar de excluir, a cuidar en lugar de explotar. Podemos suspender la manía de crear problemas para solucionar problemas. Podemos parar, parar nuestro embeleco de ser grandes y poderosos. Podemos comenzar a ser humildes, somos parte de la tierra, la tierra es nuestra madre. Podemos comenzar a tomar solo lo que necesitamos, a dejar de acumular. Podemos comenzar a ser felices, porque toda nuestra lucha no nos ha dado felicidad, solo ansiedad. Tenemos una chance, en el búnker ya no habrá más oportunidad.